EL canciller montó á caballo, y partió acompañado de su servidumbre á Westminster. Al llegar á la gótica portada de la abadía, un hombre salió de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.

-Necesito hablaros, monseñor, dijo, y con urgencia.

El Obispo detuvo su caballo, midió de alto á bajo con una mirada particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y contestó tres solas palabras:

-En buen hora.

Después echó pie á tierra y entró por medio de sus hombres de armas, que le saludaron chocando sus escudos, y llegó á su cámara, donde quedó solo con el hombre á quien había concedido aquella intempestiva entrevista, y que no era otro que el judío Saul ó Agiab.

Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombría y amenazadora; entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.

—Y bien, dijo al fin el canciller; ¿qué me queréis?

—Extraño os parecerá, Guillermo, contestó el judío sentándose en un sillón, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo; extraño os parecerá ver á vuestro mayor enemigo frente á vos, en una entrevista solicitada por él. Y nada tiene de extraño; he venido á proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos á un enemigo común que se cruza á nuestro paso. Después, vencido ese enemigo, volveremos á nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, más fuerte que otros, porque tiene la fuerza en sí mismo. Es el rey.

El canciller miró de una manera recelosa al judío.

—No os comprendo, dijo.