—Procuraré ponerme al alcance de la inteligencia de monseñor. Ambos, vos y yo, amamos á una mujer, que no podía ser más que de uno de los dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece á otro. Esa mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero llamado Ricardo Espada-larga, á quien vos habéis tenido la necedad de pregonar, y que siendo favorito de Corazón-de-León tiene para vos un doble derecho de muerte. Hacer desaparecer á Espada-larga no sería difícil; pero Corazón-de-León se cobraría de seguro en nuestras cabezas. ¿No os parece, monseñor, que haciendo de manera que el rey muriese, lograríamos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar franco el trono para el príncipe Juan?

—Paréceme que no habéis olvidado vuestros antiguos hábitos, amigo Agiab, contestó el canciller mirando de una manera maligna al judío, que palideció al oir el nombre con que le designaba el Obispo.

—No os comprendo.

—Os toca la vez de no comprender, prosiguió el Obispo, y procuraré ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo más de dos años un miserable judío, que moraba en uno de los barrios más retirados de Jerusalén. Vos creísteis que, venido de la Siria, dejabais allí oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo por qué, me interesó algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que debía sus tesoros á un asesinato.

—Monseñor...

—Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Había en el ejército cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres cuya virtud sin tacha y su valor sin límites lo ponían á la altura de los héroes de la fábula. Este hombre era Conrado, marqués de Tiro, que por razones que no vienen al caso, arrojó sobre sí el odio de un terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las Cruzadas oculto tras el del Viejo de la montaña. Sea como quiera, vos, que poseíais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar á aquel valiente caballero. Sois un hombre de mérito en esa parte, y Conrado fué muerto mientras dormía; aun más, le robasteis, Agiab, y huísteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis ser conocido por un hombre, valiente también, que acudió á los gritos del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido arrojado por su caballo cuando os perseguía. Vos, por vuestra elección, hubierais permanecido en Jerusalén, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues, francos. El motivo que os impele á querer deshaceros de Espada-larga es de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera detenido; tenéis suficiente oro para hacer robar á lady Ester, y...

—Os engañáis, monseñor; soy tan pobre ahora como el más miserable. El pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.

—Es decir...

—Que vengo á pediros una alianza; vos me daréis oro; yo compraré un hombre.

—¿Y habéis pensado en él?