—Sí.

—¿Es valiente?

—Es ambicioso.

—¿Cómo se nombra?

—Adam Wast.

—Pero ese hombre está preso, y yo no respondo de su cabeza.

—Compraré al verdugo.

—Es aventurado.

—Dejadme hacer. Cuento con vos.

—Creo que si alguien hay aquí que pueda imponer condiciones, soy yo, dijo el canciller. Tú, miserable instrumento, no tienes que elegir. O salvarte conmigo, ó perecer solo. Una sola palabra mía haría caer tu cabeza.