Una nube sombría de amenaza pasó por la mirada del rey.

—¡Me esperabas, canciller! gritó el rey; ¡y me esperabas armado como para dar batalla! ¡Me esperabas arrojando, para recibirme, un motín entre las puertas de la ciudad y de la Torre! ¡Me esperabas como un traidor, Obispo!

—Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitán Ricardo Espada-larga cómo me ha encontrado en Westminster. Os dirá que mis hombres de armas estaban también armados hasta los dientes, que la abadía estaba defendida como un castillo, y que sin embargo, á vuestro nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decís, se dejó prender, porque así era la voluntad de su rey, á pesar de que hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abadía.

—¿Y por qué, teniendo fuerzas, no corriste á sofocar una sedición en que se proclamaba por rey á Juan-sin-tierra?

—Tened presente, señor, que el condestable de la Torre es lord Apsley, que está vendido al príncipe Juan, y que necesitabais un puesto de guerra que yo debía conservaros.

El rey dulcificó un tanto su acento, y dijo:

—Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

—Empezad, señor.

—En primer lugar, ¿sabes qué ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fijó una mirada intensa sobre el semblante del canciller, del cual ni un solo músculo se contrajo.