Un momento después estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

XII
EL REY SE VENDE

ERA este magnate un hombre como de cuarenta y cinco años; se llamaba Guillermo de Longchamps, y su apostura más era de soldado que de obispo, perteneciendo su traje á ambos estados. Llevaba un ropón morado y un sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal; pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba protegido por una fuerte coraza, sobre la que pendía una cadena de oro con el gran sello de Inglaterra, símbolo de su categoría de canciller; unos borceguíes de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresión fija, en que una expresión desaparecía reemplazada por otra, según convenía al lugar ó á las circunstancias. Este hombre, que según las crónicas de aquel tiempo era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada había en torno superior á él, delante del rey ostentaba un semblante sereno, noble, con una mirada en que no se leía miedo ni turbación; aun más, era el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey á quien es enteramente adicto, ó más bien el de un amigo que vuelve á ver á otro amigo querido tras una larga ausencia.

—¡Cuánto habéis tardado, señor! exclamó hincando una rodilla ante el rey y apoderándose de una de sus manos, que besó, á pesar de estar armada de un fuerte guantelete.

—O por mejor decir, contestó el rey levantándole y fijando en él una profunda mirada; ¡qué pronto habéis venido!

—Y sin embargo, os esperaba, señor.