—Milord, añadió el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de la Torre; asimismo que un atormentador prepare los borceguíes.

Nortumberland salió; el rey quedó paseándose agitado por la cámara.

La relación de Robín había despertado sus más crueles recuerdos; había escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazón-de-León, el hombre sin miedo y sin piedad, sintió pavor de sus mismos pasos, se estremeció al ver su sombra interpuesta á la luz en los muros, creyéndola un fantasma vengador.

Reinaba el más profundo silencio. El rey se asomó á una de las ventanas de la cámara, desde donde se veía el Támesis y Sowttwark; nada quedaba del alboroto más que la roja llama del incendio del arrabal, tiñendo con reflejos rojos la ancha y serena corriente del río.

Un ruido acompasado y monótono vino á interrumpir el silencio; eran los pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos capitanes á la cabeza, en el terraplén á que correspondían las ventanas de la cámara. Formaron en tres filas, según la costumbre de aquel tiempo, y esperaron en silencio.

Poco después se oyeron nuevos pasos; cien archeros, á cuya cabeza cabalgaba Espada-larga, llevando á su lado otro hombre también á caballo, se detuvieron á la entrada del portal que conducía á la escalera de la Torre; Espada-larga descabalgó, y á poco después se presentó en la puerta de la cámara real.

—Y bien, dijo Corazón-de León ¿has preso á esos traidores?

—Al obispo canciller, contestó Espada-larga, sí; el príncipe Juan no estaba ya en Whitehall; había terminado el festín, y se dirigía sin duda por distinto camino á la Torre, donde he sabido tenía preparado un banquete.

—Que suba el obispo de Eli. ¡Nortumberland!

El duque entró, volviendo á salir tras algunas palabras que Corazón-de-León murmuró á su oído.