XV
EL PRÍNCIPE JUAN

EL rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.

—¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada; ¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?

—Y terrible contestó uno de ellos.

—Pánico; repuso otro.

—Glacial; añadió un tercero.