—¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior pregunta.

—Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

—¿Y tú que dices, Sidney?

—Exactamente lo mismo que el justiciero.

—¿Y tú, Oxfford?

—En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con rumbo á Francia.

—Será necesario creer que Dik[B] está en Londres.

[B] Diminutivo de Ricardo.

—¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?

—¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de Francfort.