En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo, dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho de espanto.

—Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más festines.

Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y se tiño de sangre.

—¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el lance ha sido caliente.

Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.

—¿Quién va? gritó una voz desde la almena.

—Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan; abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.

Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los sillones.

—¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba; ¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió dirigiéndose á los pajes.