—Todos nos conocemos, y nuestro conocimiento data de la misma fecha. Hace dos años nos reuníamos todos los días...
—En la Torre de Londres, en el patio de los calabozos, observó el estudiante interrumpiendo á Adam Wast.
—Cabalmente, en el patio de los calabozos, eso, es. Aquella era una época terrible. La Inglaterra tenía un trono sin rey, y un canciller regente sin corazón; las vidas, las honras y las haciendas eran patrimonio del obispo de Eli, y estaban á merced de los miserables sicarios que le rodeaban y aún le rodean; mi casa fué allanada, y mi persona reducida á prisión, porque invoqué ley en favor de un hombre ultrajado por el obispo.
—Y yo, por haber roto la cabeza á un arquero del canciller obispo, que pretendía vivir á mi costa robándome carne, observó John Asta-de-buey.
—Y yo, por haber defendido teológicamente, que el obispo de Eli era un diablo con sotana, añadió el estudiante de teología.
—Y yo, por haberme negado á satisfacer un doble derecho sobre mis géneros á los comisionados de los Aldermen, balbuceó el anciano Jorge Rak.
—Se nos había detenido injustamente, éramos inocentes, y nos unimos por simpatías; la Torre de Londres era para nosotros un libro en que leíamos, de una manera clara, infamias y desafueros que generalmente quedan consignados como un misterio en las páginas de piedra de aquel gigante maldito, y que no pueden concebir los que no han pasado sus poternas, que pocas veces se abren para dar salida á vivos; desde lo sombrío de nuestros calabozos meditamos sobre el destino de Inglaterra, y le vimos oscuro, tenebroso, sin que una lejana esperanza pudiese consolarnos. Vimos un trono abandonado por un rey guerreador, que no sabiendo engrandecer su país, hacerle libre y fuerte, y por consecuencia feliz, llevaba su espada á una empresa fanática, al lado de los fanáticos cruzados, perturbadores de un país para el cual eran un azote de Dios, vimos un hermano traidor, revolucionando la Normandía para arrancar una corona á su hermano; vimos un obispo convertido en ladrón y verdugo del pueblo, ídolo degradado, temido por una nobleza degradada, y vimos en fin un pueblo abandonado, insultado, azotado, robado y asesinado por el rey, por la nobleza, por el obispo, por los aldermens y por los soldados. Vimos un pueblo cobarde, murmurando en secreto, doblegándose y arrojándose á los pies de sus señores á la luz del sol.
—El pueblo no es cobarde, gritó el estudiante levantándose con energía, lo que falta al pueblo es conocer sus derechos; hágansele saber, y tendrá fuerza, una vez con fuerza, hará al rey cumplir con su deber, arrollará á su paso los que le insultan, y hará pedazos á los que le roben.
—Y bien, prosiguió Adam Wast, la verdad de esos principios te la he concedido yo cuando éramos compañeros de prisión; ¿pero dónde están los hombres capaces de ponerse al frente de ese pueblo dividido en bandos encarnizados; de ese pueblo sin abnegación y sin virtudes; de ese pueblo envilecido y viciado por el ejemplo de los que le venden? Y si los hay, ¿dónde están esos hombres capaces de jugar la cabeza por ese mónstruo ingrato que llama deber á los sacrificios, y que los olvida cuando no le sirven? ¿Dónde están esos hombres capaces de hacer lo que dicen, si es que son capaces de decir lo que sienten?
—Aquí, contestó el estudiante: ¡Yo! Que se me dé dinero, y respondo, para el toque de cubre-fuego de esta noche, de dos mil estudiantes.