—¡Dinero! ¡Dinero! Necesitáis comprar al pueblo, pagarle soldada para que sostenga sus fueros; necesitáis pagarle á peso de oro su cabeza para que la defienda; bien lo sabía, y no lo he olvidado. ¡He ahí oro!
Y Adam Wast arrojó al suelo un pesado bolsón de cuero.
—Si hay oro, yo respondo de los cortadores de Londres, dijo John Asta-de-buey.
—Y yo de los mendigos y los vendedores de la plaza del Mercado, añadió Jorge Rak.
—¿Y tú no ofreces nada?, preguntó Adam Wast á Tom Flavi.
—Respondo de todo. Daré suelta á los presos de la Torre, y os entregaré las armas depositadas en ella.
—Ya ves que todos contribuyen, dijo Adam Wast dirigiéndose al verdugo; sepamos lo que tú harás.
—Cortar la cabeza al obispo de Eli, contestó con acento feroz el verdugo.
—Para eso basto yo, hermano, exclamó haciendo un mohín de desprecio John Asta-de-buey.
—¿Y no podrás hacerte una falanje respetable de los bandidos y los ladrones con quienes te reunes después del cubre-fuego, contra los edictos del obispo, en cierta taberna de Sowttwark?