Un vivo carmín tiñó las mejillas del verdugo.

—Sí, dijo al fin dominándose; ¿para cuándo?

—Para esta noche, después del toque de cubre-fuego.

—Y bien, observó el viejo Jorge Rak, ¿qué podemos esperar como resultado de la reunión de esa gente?

—Una asonada.

—¿Y cuál será el resultado de esa asonada? apoyó tímidamente Tom Flavi.

—Tienes miedo, ¡voto á...! ¡El resultado! ¿Quién puede decir con seguridad: mañana la peste habrá dejado de afligirnos, el obispo y los aldermens estarán ahorcados, y azotados los archeros con sus propios talabartes? ¡Cuerpo de Cristo! ¿quién podrá decir si mañana alguno de nosotros será ahorcado?

Un estremecimiento involuntario é imperceptible, agitó los miembros de Jorge Rak.

—En ese caso, dijo el estudiante, tenemos la ventaja de ser amigos del verdugo.

—Y en fin, hermanos, añadió levantándose Adam Wast, la muerte nos amaga de una manera indudable. El hambre es la muerte; la peste es la muerte, la tiranía y las infamias del obispo son la muerte. ¿Qué esperanza nos halaga que no haya de sostenerse por nosotros? ¿A quién demandar ayuda, que sea fuerte y quiera dispensárnosla? Cuando el pueblo siente los triples azotes de la tiranía, el hambre y la peste, debe repeler los dos primeros con la fuerza, y hacerse digno, defendiendo sus fueros naturales, de que Dios le alivie del tercero. Adelante pues, nos ha desafiado y debemos recoger el guante.