—¡Ah! ¡no, señor! gritó llorando Robín y arrojándose á los pies del rey; ¡yo lo diré todo, señor!

El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robín como un tigre hambriento sobre su presa, se detuvo á su despecho á un ademán del rey; Robín, trémulo, sin levantarse del suelo, acusó á Adam de violencia contra Ketti, de traición al rey; dió á conocer los detalles de la conspiración hasta que fué llevada á cabo; nombró los cómplices que conocía, hombres todos oscuros, y calló.

—¿Qué tienes que oponer á eso? dijo el rey á Adam Wast.

—Que es falso; dijo el paciente.

—¡Otra cuña! gritó el rey.

El atormentador introdujo una segunda cuña, y Adam no pudo reprimir un ligero grito de dolor; sus pies se habían amoratado al principio, y al entrar la cuña en su lugar, brotó de ellos sangre.

Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo á la segunda prueba; él, sin embargo, no contestó á una nueva pregunta del rey.

—¡Dos cuñas más! gritó furioso Corazón-de-León.

Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manchó el suelo; Adam, no pudiendo sufrir más, lanzó un grito que estremeció de espanto al sacerdote, al preboste, á Glow y á los archeros; el rey y el verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope descargaba frenético con inmensa y cruel satisfacción furibundos golpes sobre la tercera cuña, que rechinaba al par que los huesos crujían; el tigre devoraba su presa.

—¡Perdón! ¡perdón! gritó con horrible acento de dolor Adam; ¡yo lo revelaré todo, toto!