—Señor, dijo; el conde de Salisbury está en la cámara de vuestra alteza.

—Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey; pero aguardad.

El rey fué á la mesa, y escribió tres pergaminos que selló con su anillo.

Después los entregó á Surrey, y dijo á Juan-sin-tierra.

—Príncipe, quedáos con el conde de Surrey.

Tras esto salió precipitadamente de la sala del tormento.

—El rey me manda conduciros á París, dijo el conde, bajo la protección de Felipe Augusto.

—¿Y si yo no quisiera ir?

—Seríais un loco, príncipe, añadió señalando un segundo pergamino; porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil florines para vuestros gastos en este año.

—¡Ah! en ese caso, contestó el príncipe soltando una alegre carcajada, es un partido aceptable.