Salisbury refirió al rey lo que ya había referido á su hija; Corazón-de-León escuchaba absorto la relación de los infortunios que su lealtad había arrojado sobre el buen caballero.

—Y bien, Salisbury; los degollaré, los ahorcaré, los quemaré, los exterminaré. ¡Mi madre! ¡oh! ¡mi madre me ha vendido también! la encerraré en un convento; mandaré descuartizar á Artus de Bretaña, y si mi hermano Juan abusa de su posición, ¡por San Huberto! no le ha de valer dos veces ser mi hermano.

—Al contrario, señor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los patíbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece al partido perseguido.

—¡Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos, triplicaremos, centuplicaremos el número de los patíbulos.

—Tened en cuenta, señor, que todo vuestro poder no os librará de un golpe traidor.

—Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la espalda. Pero pensemos en tí. ¿De qué modo te puede mostrar tu agradecimiento el rey? Ayuda á mi deseo, pídeme, exígeme... ¡Por San Jorge! te daría la mitad de mi corona.

—¡ Oh! señor, guardadla; pero no por eso dejaré de pediros una gracia.

—Concedida, sea cual fuere.

—Meditad, señor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un enlace en que vuestra sangre se uniría á la mía.

—¡Oh! conde; ¿has pensado unirte á mi hermana Matilde? Sea. Seremos hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el príncipe Malek-Adel está roto, y ella es libre. Se lo rogaré; se lo mandaré. Será tu esposa.