—¡Ah, señor! contestó Salisbury sonriendo á la interpretación del rey; ¿ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta años?
—Entonces, añadió el rey vacilando, querrás unir tu hermosa hija con un hombre á quien haría pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz. ¡Rayos de Dios! valiera más entregarla á Satanás en persona, milord.
El conde miró fijamente al rey.
—¿Sabéis de quién hablo? le preguntó.
—Si ha de unirse tu sangre á la mía, ¿cómo puede ser sino enlazando á lady Ester con el príncipe Juan?
—¡Ah! ¡señor! ¡nunca! murmuró con desdén Salisbury.
—Pues no comprendo...
—Existe un hombre que ama á Ester, y que es amado de ella. Ese hombre es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.
—¿Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano de armas? preguntó el rey con extrañeza.
—Entended, señor, que Espada-larga tiene derecho á que le nombren, como á vos, Ricardo Plantagenet.