—¿Y qué abona ese derecho?

—Esta cédula, contestó Salisbury sacando de entre sus ropas un pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la época de su fecha, y muerto después por orden de Enrique en la Torre del Traidor, que desde entonces tomó el nombre, que aun conserva, de Santo Tomás.

El rey pasó rápidamente la vista sobre el pergamino, del que pendía el gran sello de Inglaterra.

En él, Enrique II reconocía por hijos naturales, autorizándolos para llevar su blasón en la corte y en el campo, debiendo poner en él barras de bastardía á Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejábales por herencia el palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen puestos en posesión de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su origen hasta que cumpliesen los veinticinco años. El depositario de este secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.

El documento era autógrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de Inglaterra, auténticos. No había lugar á la duda; pero el asombro estaba pintado en la mirada de Corazón-de-León, que releía el pergamino.

—Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es enteramente nuevo para mí. Pero sin embargo, me colma de placer. ¡Pluguiera á Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet sucedería á otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento está unido á una historia terrible.

—Muy terrible, señor; pero me abstendré de referirla á vuestra gracia, porque en ella me sería forzoso pintar á vuestra madre de una manera odiosa, junto á lady Rosmunda, que era un ángel.

—¿Qué me podrás decir que yo no sepa? ¿Ignoro acaso que las locuras, y aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron á repudiarla á Luis VII de Francia? ¿Que mi padre fué bastante débil para unirse á ella por razones de Estado, y que ha sido una cosa extraña que haya nacido de ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan y yo somos tres retoños malditos? ¡Oh! todo lo sé, mi buen Salisbury; pero la historia de esa Rosmunda es para mí poco clara. Necesito saber lo que concierne á mis hermanos antes de reconocerlos.

—Si así lo queréis, señor, oiréis una historia muy triste.

—¡Oh! no importa; te escucho.