—Vuestro padre, señor, sólo contaba veinte años cuando fué coronado en 1154; era un bizarro caballero, y partió, como vos, á Palestina. Dos años después, á despecho de su Consejo y de sus amigos, se unió á vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II, niño aún, no podía amar, ni amaba á Eleonora, que nunca fué hermosa, y que sólo tenía en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de su carácter. Eleonora aventajaba trece años en edad al rey, y éste, enamorado é impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella había hecho sufrir á Luis VII. Celosa hasta el frenesí, amando hasta la locura á vuestro padre, de carácter iracundo y altivo, se hizo para él insoportable. Doce años transcurrieron después de su matrimonio en continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia del rey con pretexto de caza ó guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas expediciones; yo acompañaba al rey; el punto de partida era Wootstock. En la última jornada nos sorprendió la noche junto al castillo de Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que salió al encuentro del rey y le rogó le honrase hospedándose en su castillo. Aquella noche conoció el rey á la desgraciada Rosmunda: era una joven de dieciocho años, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso aún no he podido olvidar. Figuráos, señor, una frente pálida, tersa, majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos ojos azules de mirada diáfana, poderosa, en que se retrataba la paz de un alma purísima y tranquila; añadid á esto un cuerpo esbelto, de soberbias formas, de continente de reina y aéreo y vagoroso como el de un ángel; una imaginación entusiasta y un tesoro de amor en el corazón, y tendréis una pequeña idea de Rosmunda. El rey era como vos á los treinta y cuatro años; prendóse de Rosmunda y Rosmunda de él; lord Walter Chifford cerró los ojos á su honor y los abrió á su ambición. Algunos días después, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construyó para ella el palacio y el célebre laberinto de Wootstock. Allí nacieron un año después Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos á su lado en la corte, y me los entregó; yo los expuse en Westminster y me oculté tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los recogiese más que el rey, que con algunos caballeros debía pasar como al acaso; pero os anticipásteis vos; volvíais de San James de una cita amorosa, y oísteis el débil baguido de los niños; llegasteis á ellos, y los contemplásteis un momento conmovido, yo os conocí á la luz del alba y os dejé hacer; tomásteis los pobres gemelos bajo la capa, y partísteis; yo os seguí: fuísteis con ellos á Withe-Tower, residencia entonces del rey, y le entregásteis los niños cuando se preparaba á ir á buscarlos: el misterio envolvió de una manera impenetrable su origen. Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que sentía por su madre; y cuando Eleonora logró introducirse en Wootstock-Bower y asesinó celosa á Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron límites; si vuestro padre viviera, aun estaría encarcelada vuestra madre. Ahora, señor, que conocéis la historia de Ricardo, que sabéis que debe llevar vuestro nombre, ¿consentís en su unión con lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury?

—Te hubiera dado mi hermana Matilde, ¿cómo, pues, negarme al enlace de Espada-larga con tu hija?

—¡Oh, señor! exclamó el anciano arrojándose á los pies del rey.

—Levanta, leal vasallo. Mañana quiero ver á tu hija; y ya que conoces los secretos de mi padre, busca á otra hermana mía que se nombra Ketti.

—Han venido conmigo, señor.

—Que entren, dijo el rey; ve por ellas.

Salisbury salió.

—¡Por San Dustan! exclamó el rey; si mi padre hubiera vivido diez años más... ¡Oh! ¿quién sabe dónde hubiéramos llegado? El buen anciano no quiso privarme del consuelo de la fraternidad. ¡Rabo del diablo! una hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por añadidura. En cambio yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.

Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entró con Ester y Ketti. La primera saludó con nobleza y gracia al rey, felicitándole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y trémula de miedo, á pocos pasos de la puerta.

Ricardo la miró de alto á bajo; después dijo á Salisbury en un tono que sólo pudo ser oído por él: