—Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.
Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán alumbrándose con una tea.
—¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto, que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino, que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.
Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano. Casi se avergonzó.
—¿Hay alguien?
—Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti, pudiera tener un mal encuentro.
Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.
—Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?
—Sí.
—Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.