Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo para sí:

—Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir, que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

—¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció interesarse en su cuento, y dijo con interés:

—¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

—¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

—Pero ese rey, repuso Dik impaciente.