—Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra, equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una historia que pasó hace sólo once años.

—Luego ese rey era...

—¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con sorpresa:

—¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

—Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik, que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

—¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

—A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey vivo.

—¿Luego conocía á Enrique II?

—Era su confesor.