El ruido que surgía de las ventanas de la taberna era atronador; muebles que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una ronda que pasaba entró, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante rumor; á su entrada sucedió el más profundo silencio.
Poco después, parte de la ronda salía llevando presos á Adam Wast y á Robín. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba le aconteciese nada grato en la Torre, se hacía el reacio, dando grandes gritos y obligando á los alabarderos á comunicarle cierto deseo de andar con el regatón de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin intermisión, el populacho supo á ciencia fija que Adam Wast le acompañaba á un calabozo de la Torre.
Hay momentos en que las turbas están predispuestas al motín de una manera formidable, y aquél, por desgracia, fué uno de ellos. Corrieron como frenéticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los alabarderos y dando gritos, de los cuales, los más pacíficos, atentaban á la cabeza del Obispo y de la reina regente.
En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccionó, y el genio de los motines extendió sus alas sangrientas sobre las turbas; los más atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al llegar al aposento donde había tenido lugar la catástrofe, un aullido de indignación salió de todas las bocas; los que no podían ver bien, atropellaron á los delanteros; la muchedumbre cargó sobre la desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso inusitado, se desplomó.
No era necesario tanto para que el alboroto llegase á todo su incremento: los parientes de los que perecieron ó se estropearon en la caída, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las recientes desgracias á los gobernantes, que habían asesinado á los cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron en hombros los cadáveres ensangrentados, y hallando la comunicación de la otra escalera salieron á la calle; y para que nada faltase á lo terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los derrumbados, prendió en el tablazón del suelo, y muy pronto la luz del incendio brotó sobre la vieja techumbre de pizarra, invadió las casas vecinas y se levantó gigante y roja sobre Sowttwark.
Difícil hubiera sido entonces querer contener el motín; las turbas corrieron llevando en hombros los cadáveres ensangrentados, y se lanzaron á London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la poterna de las torres que en aquel tiempo defendían el puente, pero en vano; las piedras y los proyectiles de todo género, lanzados contra ella por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron á cerrar la del otro extremo, que fué forzada también. La turba penetró en el cuartel de la Torre, y llenó la plaza de Tames-Streed.
Estacionóse allí, invadiendo la parte superior de Tower-Hill, tendiéndose á lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.
Los gritos eran cada vez más sediciosos.
—¡Abajo el Obispo! ¡abajo la reina! ¡muera el justiciero Huberto! clamaban unos.
—¡Pan! ¡pan! ¡fuera tributos! gritaban los más.