—¡Que suelten á Adam Wast! ¡que suelten á Robín! gritaban los cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que habían sido pagados, y que llevaban en hombros los cadáveres de los cuatro hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardían multitud de hachas.
—¡Ingleses!—gritó un estudiante de derecho, subiéndose sobre los andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacían visibles á la multitud;—¡ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido vertida por los tiranos. ¡Ingleses! ¡su sangre pide sangre! Vamos por las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.
Reinaba el más profundo silencio; silencio de horror, causado por la exposición de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fué oída en todo el ámbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no cesaron.
El pueblo nunca profundiza: al ver los cadáveres, persuadióse que habían sido inmolados por los archeros, y la indignación llegó á su colmo.
La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo Tomás, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros, reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofrecía la vista de un revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales aparecía un mohín de amenaza; añádase á estos gritos rabiosos, pedradas arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los venablos de los archeros que la defendían, y se tendrá una idea inexacta del cuadro.
Entre tanto la gran campana de White-Tower lanzó al espacio, vibrando sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego, á que contestó perdiéndose á lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.
La multitud bramó con más fuerza. El estudiante subido en el andamio hizo un ademán de silencio, que fué obedecido á medias, y gritó poniendo en grave peligro sus pulmones:
—¡Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que serán muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen á Adam Wast y á Robín; es...
La voz del estudiante cesó de repente; su cuerpo bamboleó un momento, y cayó en fin, manchando de sangre á los que se apiñaban á sus pies. La situación se hacía cada vez más irritante; el asalto de la Torre se formalizó entre las voces de: