—¡Mueran los infames! ¡Que suelten á Adam Wast y á Robín!

La fatalidad se encargó de ennegrecer la situación de Adam Wast; había sido preso por una causa independiente de alboroto, é indudablemente, á no haber éste tenido lugar, su situación hubiera sido desesperada.

Un hombre solo había que no gritaba, envuelto en una larga capa, en medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorría las turbas buscando la decisión en todos los semblantes, mostrando en el suyo una marcada expresión de disgusto. Cuando la multitud se lanzó al borde de los fosos de la Torre, este hombre se dirigió al collado de ella murmurando á media voz:

—Esos locos rabiosos dejarán los dientes en la coraza de piedra de la Torre, y á no dudar, mañana hará falta mi presencia en ella. Es necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto llegó á la horca, abrió el postigo que ya conocemos, entró y encendió una tea: era Godofredo que había seguido á la multitud desde Sowttwark: una vez allí, tomó un hacha y un saco, apagó la luz, salió y se dirigió á All-Hallow-Barkurg, deslizóse junto á los muros de la iglesia, y entró en el cementerio al mismo tiempo que un carro de apestados.

—Ola, maese Tomi, dijo Godofredo á un hombre que, apoyado en el dintel de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de Tames-Streed; ¿cuanto queréis por dejarme elegir una cabeza entre esos cadáveres?

El interrogado se tornó á Godofredo y le miró con extrañeza.

—¡Qué cuánto quiero, habéis dicho, por una cabeza apestada! ¡Por san Dustan! ¿y para que necesitáis eso?

Godofredo no contestó; metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los florines que no había podido repartir, interrumpido por el incidente de la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de palabras inútiles, pues contestó á la entrega del florín que guardó: