—¡Enhorabuena! entrad; ¿necesitáis que os ayude?

—Sí, traed una luz.

El guardián de los muertos volvió á poco con una tea, y sin decir palabra, empezó á andar, indicando á Godofredo que le siguiese por la entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta extensión, y se encontraron en un subterráneo espacioso, de bóvedas bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmósfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de los pilares había multitud de cadáveres desnudos y hacinados.

—¿Dónde están los de hoy? preguntó Godofredo.

El hombre de los sepulcros, ó mejor dicho, de las sepulturas, pasó algo adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el número de cadáveres era excesivamente mayor que en los restantes.

—Mucho aflige Dios á Londres, dijo para si Godofredo, y luego añadió alto dirigiéndose al sepulturero:—Alumbrad.

El sepulturero alumbró impasible uno tras otro el semblante lívido de más de veinticinco cadáveres.

—Basta, dijo Godofredo, que había examinado con escrupulosa atención cada uno de ellos; éste me conviene, y señaló un hombre de mediana estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agonía, marcaba la edad de treinta y cinco años.

Lo que sucedió después fué obra de un momento; desembozóse, mostrando á los atónitos ojos del sepulturero su traje colorado; asió el cadáver por los cabellos, le tendió sobre el suelo, y de un solo golpe le cortó la cabeza, que guardó en el saco. Después se envolvió de nuevo en la capa, y desapareció. El sepulturero rompió por esta vez el silencio.