—Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal ciudad de Londres.

—¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?

—La reina, señor, y el Obispo de Eli.

Frunció el gesto Corazón-de-León.

—Tenemos hambre, señor.

—Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de satisfaceros?

—Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

—Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las abadías de los clérigos.

—Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.

—Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio, pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo. ¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?