—¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella manera su último período.

—Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de caballero, le dijo entregándosela:

—Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado, por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

—¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.

—Señor, se ha vertido sangre inocente...

—Denunciad al causante.

—Es el Obispo canciller, señor.

—Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.