—Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los fueros del pueblo.
—Se pondrán en libertad.
—Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.
La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.
Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.
—¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León á uno de los capitanes.
-Quinientos, señor, contestó el capitán.
-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?
-Cinco, señor.
-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo, y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis fuertemente á traidores?