—¡Señor! balbuceó Smitt.

—Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú, Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á vuestra cabeza?

El archero adelantó un paso.

—Están presos, señor, contestó.

—¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos, mandad buscar al llavero de la Torre.

—Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.

—Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

—Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado manojo que pendía de su cintura.

—Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras armas.

Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.