—Perdón, señor; yo creía que vuestra gracia había muerto.

—¡Ira de Dios! ¿tú también? exclamó el rey cada vez más sombrío; ¿con que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesión por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo? ¡Por San Jorge! yo les probaré muy pronto que aún tengo sangre en las venas.

—Cortad algunas cabezas, señor, y creerán en vuestra gracia.

—¿Con que eres mi consejero? Y bien: ¿qué cabezas son esas?

—La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.

El miedo hacía temblar á Robín.

—¿Luego conspiran?

—Sí, señor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaña, y Juan-sin-tierra alega que es vuestro legítimo heredero.

—¿Y sabes tú los nombres de los que están empeñados en esta empresa?

—Yo no, señor; pero alguno hay que lo sabe.