—¿Quién?
—Adam Wast.
—¿Ese preso cuya libertad pedía el pueblo?
—¿Y quién es ese hombre?
—Señor, prometedme perdón y todo lo revelaré.
—Adelante, gritó el rey impaciente, dando una furiosa patada en el pavimento.
—Vuestra gracia me pregunta quién es, y necesito tomar la historia algo lejos, continuó Robín sudando de angustia; es compatriota mío, nacido en el condado de Kent; su padre era mercader y vivía junto al mío, que era herrero. Siempre estábamos juntos; cuando llegamos á ser hombres, Adam Wast siempre meditabundo y reflexivo, se tornó más pensador que nunca y empezó á esquivar mi compañía. Yo le busqué y le reconvine por su abandono.
—«Robín, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compañeros sirven; para ayudar la ambición de un hombre como yo, para elevarse con él, son necesarias dotes que tú no posees.»
—¿Y cuál era la ambición de ese hombre? preguntó Corazón-de León arrojando una intensa mirada sobre Robín.