—Oidlo, señor, contestó éste: nosotros nada debemos á la fortuna; me dijo Adam cuando le hice una pregunta igual á la que vuestra gracia acaba de hacerme; nada debemos á la fortuna que nos ha arrojado en un círculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asíduo y degradante; mira tus manos: están negras, ásperas, encallecidas por el roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la mirada orgullosa, una espada á la cintura, y llevan pajes y bufones tras sí con su blasón al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos hombres son como nosotros. ¿Qué nos falta para igualarnos con ellos? fortuna: la fortuna es de quien la busca.

—No pensaba mal el perillán, observó el rey; y luego ¿qué aconteció?

—Huimos de casa de nuestros padres, contestó Robín, robándoles el dinero que pudimos, y nos encaminamos á Oxfford. Allí nos dedicamos al estudio de las leyes. «De los abogados se hacen cancilleres», decía Adam, cuya primera ambición era ser canciller; y se dedicó con ardor al estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario mis deseos y mis esfuerzos fueron inútiles para ponerme á nivel de los estudiantes menos aventajados. Tenía razón Adam; yo no servía más que para forjar hachas y arados.

Adam concluyó sus estudios, y á pesar de que yo nada había adelantado, no me abandonó; seguí á su lado, pero me hizo trabajar escribiéndole sus defensas; casi me tiranizaba; yo fuí su primer esclavo.

Su dependencia llegó á ser para mí insoportable, y me separé de él; antes de separarnos me dijo:

—Robín, ten en cuenta que eres dueño de mis secretos (en el ejercicio de su profesión había cometido algunas infamias, de que yo era conocedor y á veces partícipe); que nos habíamos unido para buscar fortuna, y que tú eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que dependes de mí; que cuando te necesite te buscaré; que si me vendes me vengaré.

—Ofrecíle callar, y me puse en camino para Londres; un día que estaba fatigado, me senté á comer junto á un arroyo, y poco después una mujer que hacía el mismo camino, se sentó junto á mí.

—Ruego á vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observó Robín notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis aventuras, me será más fácil expresar lo que á vuestra gracia conviene saber.

Corazón-de-León mudó de postura, arregló unos tizones, y siguió escuchando de una manera indiferente.

—Aquella mujer, prosiguió Robín, iba extrañamente vestida; su traje consistía en un faldellín de seda muy usado, tan corto que apenas cubría sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su seno, que así como su cabeza y su cuello eran de una hermosura brillante, aunque algo selvática, y un tanto ajada por un trabajo continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores provenzales, y una pequeña harpa. Era una de esas pobres mujeres que venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada á esa profesión aventurera que no hubiera existido sin la protección de la hermosa y desgraciada lady Rosmunda.