Al oir este nombre, los músculos de Ricardo se estremecieron de una manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresión particular, que desapareció con la velocidad del relámpago.
—Aquella mujer, continuó Robín, me saludó, y arrojó sobre mi escasa comida una mirada involuntaria. Me compadecí, y la invité á que participase de mi frugal alimento, que aceptó; ella era hermosa y de costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refirió en tres palabras su historia. Se llamaba Clary, no tenía padres, y era trovadora. La conté la mía con la misma brevedad, y cuando hube concluído fijó en mí una mirada que me hizo estremecer.
—¿Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna á la mía?
—Sí, la dije acabando de enamorarme.
—Pues bien; tú no has amado, ni sabes más que batir hierro; yo te daré mi amor y te enseñaré á bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos á Londres, ya sabrás lo bastante para acompañar mi canto y recoger los tarines que ganemos. Tras estas palabras...
—Menguado, gritó el rey dando un furioso puñetazo sobre uno de los brazos de su sillón; se breve, ó veremos si en el potro nos dispensas de lo inútil de tu charla. ¡Adelante!
—Es que, señor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar muchas noches en mi casa á su gracia el rey Enrique II.
—¡Adelante! insistió el rey.
—Llegamos á Londres, prosiguió Robín, y allí conocimos otra bailarina escocesa, á quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de nuestros mutuos ahorros. Ketti, que así se nombraba, nos impuso por condiciones que guardásemos secreto y prudencia acerca de un alto personaje que se había enamorado de ella; y en verdad, señor, Ketti era muy hermosa.
—¿Y quién era ese personaje? preguntó el rey fijando su mirada de águila en la de Robín.