—Su gracia Enrique II de Inglaterra, señor, contestó inclinándose Robín.
—¡Mi padre! exclamó el rey levantándose de repente y adelantando un paso hacia Robín; ¿y quién te ha dicho, miserable, que el amante de la bailarina era mi padre y no otro?
—¿Recordáis, señor, contestó Robín temblando de antemano por temor al resultado que pudiera tener lo que iba á decir, recordáis, señor, el 1.º de julio de 1189?
El rey palideció, apoyóse trémulo en el cornisamento de la chimenea, y Robín, que le miraba con ansiedad, vió resbalar una lágrima á lo largo de su tostada mejilla. Después pasó una mano por su frente, cubierta de sudor, y empezó á pasear á lo largo de la cámara.
—No fuí yo, murmuró el rey de modo que no pudo oirle Robín; no fuí yo, señor; fué mi hermano Enrique.
De repente se paró delante de Robín.
—¿Y cómo sabes tú eso? le preguntó.
—Vuestro padre murió en mi taberna de Sowttwark, señor, y yo por una casualidad estuve presente á su agonía.
—Mientes; mi padre murió en Chinón el 6 de julio de 1189.
—Eso dijeron, señor; al día siguiente del combate de London-Bridge, un carro cubierto salió de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde de Salisbury, y contenía los restos del rey. En Chinón se publicó la muerte; se dijo que el rey había muerto allí de pesar, porque esto era menos escandaloso que decir había muerto herido por un venablo en el puente de London-Bridge, cuando huía de su hijo el príncipe Enrique el joven.