—¡Costurera! murmuró el rey con amargura.

—Sí, señor; jamás pudimos recavar de Ketti que se presentase á vuestra gracia; cuando en un intervalo de razón Clary y yo se lo aconsejábamos, nos respondía: «no, amigos míos; si el rey no quiere reconocerla, la expongo á las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarán de mí, porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un rey.

—¿Y ella lo ignora? preguntó con interés Ricardo.

—Sí, señor. Avanzó el tiempo, y cuando partió vuestra gracia para Tierra Santa, el hombre que las protegía, el noble y valiente conde de Salisbury, desapareció: hay quien dice que fué ejecutado secretamente en la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los recursos, y me ví obligado á hacerme montero, para ayudar con el fruto de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban á cubrir los productos de mi taberna de Sowttwark. Un día, hace dos años, al volver á mi casa, Clary me dijo que teníamos un huésped; era Adam Wast, que venía á buscarme. Su ambición había sido burlada. A los treinta y tres años se veía reducido á la indigencia. Yo era pobre también, pero le propuse partir con él mi trabajo si quería hacerse montero. Aceptó, y otro día al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el camino le referí mi historia, y cometí la imprudencia de revelarle el secreto del nacimiento de Ketti.

—¿Y esa mujer es hermana del rey? me preguntó con interés.

—Sí, le contesté.

—Calló un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo sentándose:

—Estoy enfermo, y creo que no podré llegar; sigue tú.

Yo le creí, y le dejé.

Cuando antes del toque de cubre-fuego volví á mi casa, encontré á Ketti llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba fuertemente á Adam.