El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de ausencia de Clary y la demencia de su madre, había violado á Ketti.
Corazón-de-León dió salida á un juramento y á un rugido.
—Adam, prosiguió Robín, procuraba sincerarse con Clary, y ofrecía á Ketti reparar su falta uniéndose á ella. Yo me indigné, porque ví claro el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llevó á otro aposento y me dijo:
—Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; ¿por qué hemos de dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, haré de modo que el rey la reconozca, y seré rico; entonces tú dejarás de ser un mendigo.
—Pero esa mujer ama á mi capitán, le contesté.
—En efecto, Ricardo, nuestro capitán, observó Robín abandonando por un momento su relación, había dicho cuatro galanterías á Ketti, y ésta las había creído hasta el punto de enamorarse locamente de él.
—Si yo consigo casarme con ella, prosiguió Adam Wast, me importa poco tu capitán. Si me ayudas, seremos ricos.
—Señor, el demonio de la codicia se apoderó de mí, y la casualidad nos protegió. Ketti conoció que era madre; Ricardo, perseguido por los archeros del canciller, pasó por muerto, y al fin la hija de Enrique II fué la esposa de Adam Wast.
-¿Y su hijo?
-Murió, apenas dado á luz. Adam Wast, luego que se efectuó su matrimonio, se presentó al príncipe Juan-sin-tierra y le reveló el secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El príncipe se negó y le arrestó en la Torre. Por aquel tiempo estuvo también arrestado un judío que venía de Tierra Santa, y que no tenía otro delito más que ser riquísimo y haber declarado su amor á la joven condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo canciller. Allí se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos, y no tardaron en unirse, vendiéronse á la facción del príncipe Juan, contra la facción de Artus de Bretaña que alentaba el canciller; y engañando á éste y comprándolo á fuerza de oro, fueron puestos en libertad. Desde entonces, señor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se mentía amigo del pueblo y se hacía su jefe, el alboroto de esta noche, sólo era con pretexto para proclamar al príncipe Juan.