—¿Y nada dices de tu propia ambicion?

—Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus fuerzas: soy un vencido que se rinde.

—¡Un vencido!...

—Sí vencido por su suerte.

—Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.

—No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros, mi espada. ¿Quereis mas?

—Pero esa abdicacion...

—Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario, siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente poderosos...

—Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.

—Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos: nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados vínculos.