—¡Cómo!

—Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.

—Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.

—Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á tu hermana doña Isabel.

—¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces Aben-Aboo sería tu hijo...

—¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente: estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.

—No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos... doña Elvira te ama, Yaye.

—¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?

—¿No crees que los zelos son muy perspicaces?

—Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo, pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo... que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.