—Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.

Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contestó.

Angiolina miró de una manera profunda al jóven.

Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.

—Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.

—Cabalmente he venido á deciros que no ireis.

—¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?

—Porque no debeis ir.

—¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.

—Ha llegado la hora, replicó el jóven.