—¿La hora de qué?
—Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.
—¡Ah! exclamaron las dos mujeres.
—Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.
—Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno á esos crímenes.
—¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?
—Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.
—No queremos esperar tanto.
—Pero no meditas que una vez dado un paso...
—Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo daré el primero sin vacilar.