—No, tú no darás ninguno.

—He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.

—Pero te perderás, y perderás á los tuyos.

—¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo.

—Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo.

—¿Y no temeis por nadie mas?

—Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?

—Yo creia que antes que por mí temblabais por...

—¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su despecho se vió obligado á bajar los ojos.

En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de Aben-Aboo.