—¡Ah, no! ¡no! ya lo sé: ya sé que eres inocente de aquel crímen: pero escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus recuerdos, y tu entre ellos te levantas diciéndome siempre yo te amo: te miro enamorado, anhelante, sufriendo por mí; y cuando voy á arrojarme en tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo te amaba me dice: y tu amor me costó la vida: un hijo de otro lleva mi nombre: yo me vengaré en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye te ama, le amas tú, pero yo espíritu condenado vago en derredor de vosotros envidioso de vuestra felicidad..... ¡oh! ¡yo estoy loca, Yaye! todo lo que pasa á mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me estremece; creo que solo estoy segura á los piés del altar, á donde no se atreven á perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.

—Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pié de ese altar arrodillémonos ante él, y levantémonos con las manos asidas, esposos.

—¿Y cómo vendrias tú ante el altar del Dios de los cristianos?

—Isabel, ¿creerás en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor me ha convertido?

Doña Isabel lanzó un grito de alegría.

—¿Convertido tú?

—Mira:

Y Yaye se abrió el jubon, y mostró á doña Isabel el relicario con la imágen de la Vírgen, que ella le habia dado veintidos años antes, pendiente de su cuello.

—Pero este relicario quedó en poder de mi cuñada doña Elvira, dijo alentando apenas doña Isabel.

—Es verdad, pero yo se lo hice robar. ¿No sabes que mis monfíes entran en todas partes?