—Y la santa imágen de la Vírgen... ¡oh Dios mio!.. ¡y mi amor..! ¡no me engañes por Dios, Yaye!

—Mi hija Esperanza á quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien como tú; el padre de doña Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del desierto de Méjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.

Doña Isabel miró de una manera vaga, ansiosa, insensata á Yaye, y poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:

—Júrame que no mientes, Yaye: ¡júramelo!

—Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contestó Yaye.

—¡Cristiano! ¡cristiano! exclamó estremecida de placer doña Isabel: pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que tú quieras que sea... ¡oh Dios mió! ¡Dios mio! ¡al fin has tenido compasión de mí!

Y doña Isabel se arrojó entre los brazos de Yaye, le estrechó en ellos, y rompió á llorar.

Yaye lloraba de placer.

—Serenémonos dijo: retirando suavemente á doña Isabel, y sentándola en un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre encerrados.

—Sí, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro hijo.....