Y doña Isabel se detuvo.
—Para curarle de su ambicion, es necesario darle á probar algunos amargos desengaños: yo abdico en él: pero mi nombre y mi espada quedan al frente de los monfíes....
—¡Con que esa guerra es inevitable!
—Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.
—¡Oh miserables! exclamó con fiereza doña Isabel.
—¿Crees que los castellanos no son unos infames, á quienes si pudiéramos deberiamos exterminar?
—Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.
—Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos exterminar á todos los verdugos, pero gran parte de ellos caerán bajo nuestra espada... y.... ¿quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia, el Dios misericordioso á quien adoro, me demostrará que me ha perdonado por tu amor, si me concede el triunfo...
—Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo... pero ahora... ahora que levantas tu corazon á Dios, ahora que solo desnudas tu espada para defender al débil y al oprimido, ahora Yaye, siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levántate, valiente mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia á esos miserables asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levántate con la espada de Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...
—Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no está cerrada, dijo Yaye.