En efecto, se oian pasos precipitados.

Levantóse el tapiz y apareció Aben-Aboo, adelantó, se detuvo, y fijó una mirada indescribible en Yaye y en su madre.

Tras él venia Aben-Jahuar.

—¿Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, señor? dijo el jóven con la voz ronca.

—¿Y qué os ha dicho mi buen primo?

—Me ha dicho que mi madre y vos...

—Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo á nuestro pariente Sidy Yaye.

—¿Y os casais con él?

—Me caso.

—¿Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfíes?