—Tú serás sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.

—Lo seré, señor.

—Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre y yo nos retiraremos á una vida oscura y pacífica.

—A donde quiera que vayais, allí irá con vosotros el corazon de vuestro hijo.

—Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de España con su esposo; una mujer digna del amor de un héroe, me da con su amor la paz de mi alma, y tú valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te aprestas á un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya verá con placer, que ya entre él y su valiente primo no existe motivo de rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagámonos, pues, dignos de él, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel: añadió volviéndose á ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda lo que suceda, nada temais. Pero añadió en voz tan baja que solo doña Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.

—Pero... murmuró doña Isabel.

—Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego añadió alto: mi valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan. Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo que os he encargado.

—Adios, señor, dijo doña Isabel: adios hermano, adios hijo mio.

Y al pronunciar estas últimas palabras, se arrojó sollozando en los brazos de Aben-Aboo.

—¡Oh madre mia! ¡madre mia! exclamó el jóven, ¡rogad á Dios!