Pronunció con tal acento Aben-Aboo sus últimas palabras, que doña Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeció.

Poco despues estaba sola, pensativa, pálida y llorosa al lado de la chimenea: una mujer de pié, inmóvil en una puerta, la observaba.

Era Angiolina.

—¡Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! ¡con que tú no has tenido otro esposo que el emir! murmuraba la veneciana. ¡Ah! ¡ah! ¡mi venganza se va haciendo cada dia mas horrible!

Y dos gruesas lágrimas surcaron las mejíllas de aquella mujer singular.

CAPITULO XXV.

De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.

Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.

Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.

Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.