—Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta tarde?
—¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.
—No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor beneficiado.
—¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.
—Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad no pequeña.
—Os engañais; lo que yo he traido son setas.
—Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis guisado.
—No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.
—¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis morir envenenada.
—¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!