—No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos que ir á la iglesia á la misa del gallo.
Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió cantando un villancico.
Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se encaró con Mariblanca.
—¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.
—¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.
—Creo que yo tengo derecho á preguntaros.
—¡Vos! ¿y quién os le ha dado?
—Tenemos tratado casarnos.
—¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!
—Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.