—Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el capitan.
—¡Que os casais!
—Si por cierto: por toda una eternidad.
—¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...
—Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.
—¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva interrupcion.
—No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que vayamos á la iglesia.
—¡Pero si acaban de dar las once!
—No importa: como oficia el señor inquisidor...
Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y empezó á quitarse su mandil de cocinero.